Recepción del artículo: 17-01-2024 | Aceptación del artículo: 27-05-2024 |   Publicación del artículo: 13-08-2024

 

 

 

Psicología Comunitaria: entre las prácticas de captura y las aperturas prometedoras

Community Psychology: between capture practices and promising openings

 

 

Alejandra Astrid León Cedeño Icono

Descripción generada automáticamente

Universidade Estadual de Londrina, Brasil

alejandra@uel.br

Alicia Rodríguez Icono

Descripción generada automáticamente

Universidad de la República, Uruguay

aliciar@psico.edu.uy

Marisela Montenegro Icono

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Universidad Autónoma de Barcelona, España

marisela.montenegro@uab.cat

Marcela Alejandra Parra Icono

Descripción generada automáticamente

Universidad Nacional del Comahue, Argentina

marcelaalejandraparra@gmail.com

 

 

 

RESUMEN

Palabras clave
Psicología Comunitaria Latinoamericana; perspectivas críticas; transformación social; agente interno-agente externo; intervención comunitaria.

 

La Psicología Social Comunitaria Latinoamericana forma parte de un cambio epistemológico- metodológico psicosocial en los años setenta. Buscando hacer ciencia propia y avanzar frente al colonialismo intelectual, partió, entre otros, de aportes de Orlando Fals Borda (Sociología Militante - Colombia), Paulo Freire (Educación Popular - Brasil) y Maritza Montero (Psicología Social - Venezuela), para trabajar activamente con poblaciones oprimidas (periferias urbanas y rurales, movimientos sociales), colocando a la comunidad como protagonista de sus decisiones, acciones y luchas, y buscando la transformación social. Este horizonte ético-político continúa siendo inspiración, pero tiene límites heredados de una ciencia occidental, moderna, racionalista y urbana, con marcas coloniales y patriarcales que se han expresado en efectos de captura desde las políticas públicas, academicistas y profesionales. Actualmente, la Psicología Comunitaria está atravesada por la tensión entre quedar aprisionada en estas lógicas o buscar articulaciones que le permitan repensarse, renovando categorías de pensamiento y acción. Nos proponemos re-visitarla desde diferentes inspiraciones teórico-metodológicas (feministas, decoloniales, políticas de lo común, etc.) para potenciarla críticamente. Partimos de las enseñanzas de movimientos sociales, comunidad y academia en Argentina, Uruguay, Brasil y Cataluña para repensar la clásica división entre agentes internos y externos, proponiendo un rizoma de aperturas prometedoras en la acción colectiva.

 

 

 

ABSTRACT

Keywords

Latin American Community Psychology; critical perspectives; social transformation; internal agent-external agent; community intervention.

 

 

 

 

 

 

 

 

Latin American Community Social Psychology forms part of a psychosocial epistemological- methodological change in the seventies. Seeking to create its own science and advance in the face of intellectual colonialism, it took, among others, contributions from Orlando Fals Borda (Militant Sociology - Colombia), Paulo Freire (Popular Education - Brazil) and Maritza Montero (Social Psychology - Venezuela), to work actively with oppressed populations (urban and rural outskirts, social movements), placing the community as the protagonist of their decisions, actions and struggles, and seeking social transformation. This ethical-political horizon continues to be inspiring but has inherited limits of a Western, modern, rationalist and urban science, with colonial and patriarchal marks that are expressed in effects of capture from public, academic and professional policies. Currently, Community Psychology is traversed by the tension between being trapped in these logics and seeking articulations that allow them to rethink and renew categories of thought and action. We propose to re-visit it from different theoretical and methodological inspirations (feminist, decolonial, political of the common, etc.) to enhance it critically. We start from the learnings from social movements, community and academia in Argentina, Uruguay, Brazil and Catalonia to rethink the classic division between internal and external agents, proposing a rhizome of promising openings in collective action.

 

 

Citar como:     Rodríguez, A., León-Cedeño, A. A., Parra, M. A. y Montenegro, M. (2024).     Psicología Comunitaria: entre las prácticas de captura y las aperturas prometedoras. Revista Iberoamericana ConCiencia, 9(2), 83-98. https://doi.org/10.70298/ConCiencia.9-2.7

 


 

Introducción[1]

La Psicología Social Comunitaria Latinoamericana forma parte del cambio epistemológico y metodológico en la Psicología Social de los años sesenta y setenta del siglo XX, que cuestiona el modelo positivista de la ciencia y el colonialismo intelectual que lo impone (Montero, 2004). Se interroga el papel que tiene la Psicología en las sociedades de la región, caracterizadas por regímenes autoritarios y profundas desigualdades económicas. Los desarrollos de la época contribuyen a construir la disciplina como una praxis crítica sobre la realidad para contribuir a sociedades más justas, equitativas y libres de violencia (Martín Baró, 1996). Se generan herramientas teóricas y metodológicas que fundamentan el trabajo con poblaciones oprimidas para promover procesos de concientización y organización civil y política, a partir de su protagonismo en las decisiones y acciones para la transformación social (Freire, 1970; Fals Borda, 1987; Campos, 1996; Montero, 2006).

Estos planteamientos son la base de infinidad de procesos comunitarios en América Latina. Sin embargo, según Irma Serrano-García (2016) hay un consenso en el campo académico de la Psicología Social Comunitaria sobre la necesidad de revisar sus conceptos, dado que la disciplina se encuentra en un contexto histórico y social muy diferente de aquel en el cual surgió. Esther Wiesenfeld (2014) señala el advenimiento de una crisis de la disciplina, motivada por la falta de congruencia entre la retórica discursiva de transformación que la fundamenta y los logros derivados de la acción comunitaria. Los retos actuales obligan a repensar las formas en las cuales los procesos comunitarios y la Psicología Social Comunitaria pueden contribuir a las transformaciones sociales.

Estos retos son múltiples y operan en diferentes dimensiones. En primer lugar, la implantación extensiva e intensiva de la acumulación capitalista implica en la actualidad una profundización de las condiciones materiales y simbólicas que dan lugar a procesos de exclusión, inequidad social y violencia. Los niveles de desigualdad en el mundo se exacerbaron de forma abismal, siendo que el 1% de la población gana el doble que el otro 99% restante (OXFAM, 2023). El capitalismo especulativo avanza en la pulverización planetaria de los derechos de las trabajadoras y de lo público, estimulando para esos fines el ascenso de la ultraderecha en las sociedades y gobiernos. El dispositivo propietario, como lo define Lina Marin (2023), funciona a través de la apropiación y privatización de todos los ámbitos de la vida. Así, la lógica de la acumulación capitalista inexorablemente está entrelazada con el colonialismo, el patriarcado, el esclavismo, el sexismo, el racismo y el clasismo, ya que estas doctrinas se derivan y se concretan en la captura de vidas. La crisis sistémica trae aparejada una crisis civilizatoria caracterizada por la transformación de las referencias culturales e identitarias de décadas pasadas que sirvieron de base para la Psicología Comunitaria, lo que plantea el desafío de reinventar los fundamentos teóricos y prácticos de la acción comunitaria (Almeida y Sánchez, 2014; Tommasino, 2020).

En segundo lugar, emergen retos específicos relacionados con llevar a la práctica los principios de la Psicología Comunitaria en la actualidad. En América Latina, la emergencia en las últimas décadas de gobiernos progresistas ha hecho que gran parte de la intervención comunitaria esté regida y financiada por las políticas públicas estatales. Estas, a su vez, en el marco de la consolidación de sistemas neoliberales, están condicionadas por los intereses de múltiples actores sociales en la tensión entre favorecer o garantizar los procesos de acumulación capitalista y responder a las necesidades sociales de la población, lo que redunda en la amortiguación de conflictos. La burocratización de la intervención impone el uso de lenguajes técnicos para la formulación y evaluación de la acción comunitaria, así como la tendencia a generar procesos de “mejoramiento” más que de transformación social (Berroeta, 2014). En este sentido, los procesos de captura de las iniciativas comunitarias desde dispositivos de políticas públicas, las prácticas profesionales y las lógicas academicistas dificultan que la intervención comunitaria alcance el horizonte ético y político de transformación propuesto por la Psicología Comunitaria en sus inicios (Rodríguez, 2009).

En tercer lugar, existen retos que emergen de los debates teórico-metodológicos suscitados por perspectivas críticas como las teorías feministas, los estudios post/decoloniales y la producción de lo común, las cuales permitieron señalar el carácter totalizante de los fundamentos de la Psicología Comunitaria, inspirados en perspectivas marxistas herederas de la modernidad (Rahman, 2008). Dichos fundamentos ponen el foco en cómo se generan y reproducen las relaciones de dominación a partir de los procesos económicos y productivos capitalistas y de las relaciones de clase, invisibilizando las lógicas coloniales y patriarcales presentes en los espacios de la acción comunitaria y la articulación de otras formas de desigualdad como género, etnia, lugar de nacimiento o capacidades (Moreno Olmedo, 2008). Al asumir el carácter ideológico de las comprensiones de los grupos oprimidos sobre sus realidades, abogan por el develamiento de los significados que naturalizan estas relaciones de dominación desde un punto de vista privilegiado, con el riesgo de no considerar el carácter situado de todo conocimiento (Haraway, 1991; Montenegro, 2002).

A partir de las complejidades del presente, nos proponemos reflexionar sobre los principios teórico- prácticos y ético-políticos de la Psicología Comunitaria. Entendiendo que esta se compone de las narrativas que hacemos sobre ella, planteamos aperturas prometedoras, revisitando categorías para resignificarlas y potenciarlas desde herramientas teóricas y epistemológicas no disponibles en sus orígenes. Al revisitar los principios de la praxis comunitaria nos alejamos de cualquier pretensión de universalidad, propia de la modernidad. Partimos de un pensamiento no esencialista que permite concebir que lo “prometedor” de esas aperturas es situacional y contradictorio. Concordamos con Alejandra León (2012), cuando afirma que la contradicción somos nosotras, pues participamos del entramado relacional de la praxis comunitaria. Se trata, pues, de una potencia radicalmente condicionada (Butler, 1997). Planteamos la idea de aperturas prometedoras -y no de guías para la acción- localizadas en unas coordenadas geográficas y temporales específicas, y en un horizonte ético de transformación social. Buscamos contribuir a la construcción de sociedades más justas, solidarias y que actúen hacia el bien común. Procuramos construir “un mundo donde quepan muchos mundos” –como dice el movimiento zapatista-, “un mundo que gire cada vez menos en torno a ejes de dominación” (Haraway, 1991, p. 15).

El diálogo desde el que emergen estas reflexiones se hace desde cuatro localidades: Argentina, Brasil, Cataluña y Uruguay. Participamos cuatro mujeres que, de diferentes maneras, desarrollamos procesos comunitarios y nos interrogamos acerca de cómo contribuir a la transformación social a partir de diferentes formas de conexión con lo colectivo. En un primer apartado, presentamos las experiencias de acción comunitaria en las que trabajamos y que sirven de base para las reflexiones que se presentan. En segundo lugar, exploramos y ponemos en cuestión la idea de “exterioridad” implicada en las relaciones de intervención comunitaria. Finalmente, hacemos un recorrido fragmentario por diferentes formas de “conexión” con los colectivos. Se trata de una conversación en proceso que busca problematizar y también alimentar el campo de la Psicología Comunitaria.

2. Las cuatro Experiencias desde las que establecemos este diálogo

¿A partir de qué lugares pensamos este texto? Sus cuatro autoras trabajamos en la universidad y a ella volvemos siempre, tejiendo experiencias más colectivas y menos violentas en el ámbito académico. Por ejemplo, Marisela Montenegro parte del Proyecto Bridges, que busca promover instituciones de Educación Superior más inclusivas, desde una perspectiva feminista y antirracista. La idea es contrarrestar desde universidades europeas las lógicas de poder coloniales, patriarcales y de clase presentes en la estructura universitaria. En este marco se ha creado una caja de herramientas con conceptos y ejercicios para trabajar estos temas en el aula y un curso dirigido a docentes que buscan generar pensamiento crítico respecto de la investigación académica y la formación profesional.

Al mismo tiempo, somos autoras que producimos teoría y método con presencia comprometida en espacios comunitarios durante años. Como muestra de ello, Alicia Rodriguez se inspira en una experiencia de transformación de un espacio público de un barrio popular de Montevideo para la construcción de un complejo cultural, que involucra actores gubernamentales, barriales, trabajadoras de instituciones locales y universitarias. El gobierno municipal re-acondiciona una plaza muy significativa para vecinos y vecinas y construye un complejo cultural co-gestionado con organizaciones barriales. La participación, más que como algo a promover o fortalecer en las otras, la concibe como efecto de la articulación de una serie de dimensiones intervinientes (materiales, simbólicas, temporales, afectivas, burocráticas, corporales, políticas, tecnológicas, económicas), de la heterogeneidad de actores y relaciones de poder, de la contingencia de posiciones y de las tensiones entre reproducción y resistencia. Lejos de ser agentes externos, las universitarias somos parte de estos procesos mediante el acompañamiento y el involucramiento en ellos.

Somos autoras que le ponemos altoparlantes a temas complejos e invisibilizados trabajando colectivamente en que estos sean narrados con más fuerza, de abajo hacia arriba. Como ejemplo de ello, Marcela Alejandra Parra dialoga desde la investigación militante con tres experiencias comunitarias vinculadas al campo de la salud mental y los procesos de crianza de las infancias y adolescencias desarrolladas en la Patagonia Norte Argentina: la Asociación Civil GAIA-Nueva Crianza, la Asociación Civil Lazos Azules y Papás Autoconvocados Jardín de Infantes n° 12. Desde dicho diálogo busca recuperar los saberes sociales que estas iniciativas aportan a la construcción de una Psicología Comunitaria “Otra”. Si bien las tres experiencias con las que articula son diferentes, coinciden en estar protagonizadas por familias y comunidades que, a partir de haber escuchado y prestado atención a las necesidades de sus niñeces y adolescencias, se organizaron colectivamente para visibilizar realidades silenciadas y existencias “otras” y hacer efectivos sus derechos, especialmente aquellos vinculados a la identidad, la educación, la salud y la justicia. Las tres iniciativas están orientadas a incidir en las políticas públicas desde lo que Rita Segato (2018) designa como una politicidad en clave femenina anfibia. El diálogo con estas iniciativas contribuye a delinear una Psicología Comunitaria Latinoamericana Decolonial y Feminista y a complejizar y actualizar la propuesta de la Investigación Acción Participativa propuesta desde los aportes de la Investigación Militante y el Trueque Constructivo.

Por último, somos autoras que partimos de conocimientos situados y los articulamos para sembrar más fuerza. Podemos ver esto cuando Alejandra León Cedeño sentipiensa desde una experiencia que genera articulaciones académico-comunitarias en Arte y Salud en Latinoamérica y más allá. Con inspiración en la asociación Ciranda da Cultura, autoorganizada por vecinas de un barrio periférico de Londrina (Brasil) desde 1999 con acciones comunitarias culturales y en salud, los Cirandas empezaron a multiplicarse en Londrina (con Ciranda da Paz, potente expresión de creación y resistencia negra), en Boa Vista (con Comuna, Recanto y espacio Apuí), y con Cirandas del Sur, que promueve acciones ciranderas y encuentros en Venezuela y 14 países latinoamericanos. Vamos rumbo a un postdoctorado colectivo internacional en Educación, Arte y Salud coordinado por la poderosa Rede Unida de Brasil. La idea es unir a personas y colectivos que generen belleza en medio de la violencia (incluyendo la violencia académica) para fortalecer el espacio de lo común y okupar espacios de abajo hacia arriba con lógicas horizontales y participativas, cuidando con presencia las experiencias locales y generando vida en las crisis.

3. Repensando el dualismo entre agentes internos y externos

Los debates en torno a estas experiencias nos permiten revisitar críticamente algunos fundamentos de la Psicología Comunitaria. Nos interesa discutir las tensiones derivadas del binarismo agentes internos / agentes externos a la comunidad, que sustenta la teoría y práctica de la intervención comunitaria; una discusión que involucra necesariamente debatir sobre los procesos de generación de conocimiento y la definición de aquello que es digno de transformación.

La Investigación Acción Participativa (IAP), que ha sido central en la propia Psicología Comunitaria, hace una crítica radical a la asimetría tradicional entre sujeto cognoscente y objeto de estudio de la ciencia positivista. Esta asimetría promueve una “cultura del silencio”, contribuyendo a la reproducción de las relaciones de poder y a la subalternización de ciertas poblaciones (Freire,

1970). En contraposición a esta desigualdad, la IAP propone una relación sujeto – sujeto desde la cual, a través de la participación, se generan procesos de reflexión - acción encaminados a la transformación social (Fals Borda, 1987). En esta dirección, en los inicios de la Psicología Comunitaria, se definen dos sujetos cognoscentes: los agentes internos, miembros de la comunidad, y los agentes externos, profesionales comprometidos con la praxis comunitaria. Se plantea una relación horizontal y dialógica entre el conocimiento científico y el popular, y el rol de las interventoras deja de ser de expertas y pasa a ser de catálisis social.

En palabras de Orlando Fals Borda (1959), la tarea central de quienes hacen IAP es desarrollar los procedimientos adecuados para que la gente común se convierta en “sujeto de la historia”. Se trata de un proyecto epistemológico y político, ya que el diálogo es conceptualizado como herramienta de investigación de la realidad, a través del develamiento de las relaciones de dominación que sustentan las desigualdades, y de la organización para llevar adelante acciones comunitarias. Se busca la emancipación de grupos sociales oprimidos, de las mayorías populares latinoamericanas, para que puedan incidir en sus condiciones de vida y desarrollar sus potencialidades para autodeterminarse (Montero, 2004).

Ahora bien, entendemos que la diferenciación entre agentes internos y externos acarrea algunas tensiones que merece la pena discutir. Por una parte, la propia distinción entre estos agentes, la definición del binarismo interno / externo, viene definida desde el mundo académico, siendo incorporada muchas veces por los colectivos con los que se interviene. Aunque autoras como Maritza Montero (2000) o Esther Wiesenfeld (2000), afirman que con esta distinción no se concibe al Otro como alteridad, en términos de asimetría de poder entre los dos agentes, sino como diferente y habilitado para el diálogo, sigue habiendo un efecto de diferenciación en el que las personas de la comunidad son definidas como pertenecientes a los grupos populares y oprimidos, mientras que los agentes externos no lo son.

Esta problematización no significa desconocer los lugares de privilegio que muchas veces las profesionales portamos a partir de las desigualdades sociales y raciales que se encarnan en esa relación, ni tampoco ocultar las distancias de mundos de vida que pueden estar presentes en los procesos de trabajo. No estamos postulando una igualdad ilusoria y mucho menos una horizontalidad romántica y ficticia. Pero observamos que una consecuencia frecuente de este proceso de diferenciación binaria es la tendencia a entender cada uno de estos sujetos (las personas de la comunidad y quienes intervienen) como homogéneos entre sí. Como advierte Alicia Rodríguez (2020), a pesar del reconocimiento que ha habido sobre la inherente diversidad de las comunidades, hay poca reflexión sobre los procesos de diferenciación allí presentes y se reproduce y al trabajo comunitario. Asimismo, ambas partes de la dicotomía se entienden como heterogéneas respecto de la otra parte. Se tiende a trabajar sobre las necesidades e intereses de los miembros de la comunidad, asumiendo que son radicalmente diferentes a aquellos problemas que enfrentan quienes intervienen, en relación con los cuales estas últimas personas no experimentarían ningún tipo de afectación. De hecho, la conceptualización y promoción de la participación en los procesos comunitarios alude a los otros, a los miembros de la comunidad, entendiendo que sólo estas personas son transformadas por la intervención, dejando al agente externo en un lugar de exterioridad respecto a esos procesos.

En el plano epistemológico también hay un efecto de la diferenciación entre agentes internos y externos. Se propone el diálogo entre estos agentes a partir de los conocimientos diferenciales que poseen. Sin embargo, este diálogo tiene como fin último la problematización de las comprensiones naturalizadas por los miembros de la comunidad, sin poner en tensión las comprensiones de las llamadas interventoras. El proceso de concientización busca develar las relaciones de poder que sustentan las desigualdades tanto simbólicas como materiales. Así, el “sentido común” se transforma en una narrativa problematizada sobre la realidad y emerge un “conocimiento crítico” (Fals Borda, 1985, 141). Desde esta perspectiva, la dinámica de reflexión - acción hace que este conocimiento contribuya a definir y emprender acciones de transformación social, dirigidas a luchar contra las relaciones de opresión que afectan a los grupos populares. Esto presupone un punto universal externo desde el cual denunciar y cuestionar la función enmascaradora de una narrativa dominante particular, asumiendo la posibilidad de acceso a una mejor representación de la realidad por parte de quienes intervienen (Ramírez-March y Montenegro, 2023).

Finalmente, esta distinción entre agentes involucrados en la acción social contribuye a mantener otra dicotomía: la de adentro-afuera de la comunidad; esto es, la idea de la posibilidad de una exterioridad de quien interviene. La idea de exterioridad respecto del ámbito comunitario de trabajo remite a la posibilidad de que un equipo de investigación-acción no esté implicado en el espacio común de reflexión-acción del trabajo comunitario y que no se asuma como afectado por las problemáticas que se trabajan y situándose “por fuera” de lo que acontece. Así, la jerarquización se ve favorecida porque los agentes están definidos como externos e internos, y la misma se a rticula junto con la relación colonial, en el presupuesto de una exterioridad. La jerarquización de saberes y de actores habilita a que las lógicas cientificistas o administrativas se puedan imponer, como lógica colonial, sobre los procesos de transformación social. Y a la inversa: porque hay jerarquía en el campo de la intervención social profesional, hay exterioridad.

El interrogarnos sobre los efectos teóricos, epistemológicos y prácticos de las maneras en las que se ha entendido por mucho tiempo la intervención comunitaria, permite mantener la atención en las formas de captura de iniciativas comunitarias a través de dispositivos promovidos por las políticas públicas. La participación de entes gubernamentales en las acciones comunitarias genera un proceso de institucionalización de la psicología comunitaria en el campo de las políticas públicas (Alfaro, 2016; Rodríguez, 2009) que intensifica los riesgos antes señalados sobre la dicotomía agente interno / agente externo. Esther Wiesenfeld (2016) usa el término de Tercer Actor, refiriéndose al actor gubernamental. Su inclusión en la teorización y práctica de la Psicología Comunitaria acarrea diversas tensiones y paradojas (Alfaro, 2016). Si bien las administraciones públicas tienen el deber formal de formular y ejecutar políticas públicas para garantizar los derechos de la ciudadanía, funcionando como red de provisión de recursos y de protección social, sabemos de las contradicciones que esto acarrea cuando estamos hablando al mismo tiempo de un Estado capitalista que también tiene el rol de garantizar la acumulación. En el caso de intervenciones comunitarias desarrolladas en este marco, hay evidencias de la implantación de prácticas asistenciales que, aunque consigan ciertas mejoras, no persiguen transformaciones sociales radicales que reviertan las maneras en las que sistemáticamente se sustentan la inequidad y la exclusión. Muchas veces promueven el clientelismo, la dependencia y la pasividad de la población (Wiesenfeld, 2016), con honrosas excepciones en toda Latinoamérica.

El énfasis en el trabajo con poblaciones vulneradas en sus derechos vinculadas a tales políticas públicas ha tensionado los principios de la disciplina en distintos sentidos. Entre ellos, la construcción de otredades (carenciadas, minorizadas, subalternizadas, marginadas) se constituye en un riesgo y una condicionante en el desarrollo de las intervenciones. Las políticas sociales, sobre todo las focalizadas en colectivos definidos a través de categorías identitarias, suelen construir, a través de sus discursos y prácticas, un sujeto de carencia reducido a una serie de rasgos delimitados como problemáticos desde posiciones de exterioridad y jerarquía (técnica y gubernamental) (Montenegro, 2003). Desde ese lugar, aunque se diga lo contrario, el trabajo sigue rigiéndose por la lógica de la caridad (generadora de pasividad o vergüenza) y no por la de los derechos ciudadanos, garantizados por ley a todas las personas y cuyo cumplimiento es deber del Estado.

En algunas prácticas de intervención, más allá de su intencionalidad transformadora, se ha ejercido un dominio neocolonial o un imperialismo benevolente que ubica a las personas intervenidas/subalternas en una situación de carencia total y a las interventoras/élite profesional local en un lugar de expertas que deben suplir lo que los subalternos carecen desde lo que a ellas les sobra (Spivak, 2003). Se tiende a la invisibilización de las singularidades y de los saberes de quienes son intervenidos, lo que conduce a la reproducción de una lógica colonial a pesar del posicionamiento crítico que puedan adoptar las y los profesionales. Así, a la lógica colonial y patriarcal de las ciencias modernas, se le suma la lógica colonial y patriarcal del Estado (Segato, 2018). Se trata de prácticas de intervención donde las viejas lógicas coloniales se disfrazan de beneficencia y novedad para seguir inventando, controlando y marginando a “otros” en nombre de la modernidad y del desarrollo. O, como sostiene Karina Bidaseca (2010), caemos en una retórica salvacionista que transforma nuestras estrategias de intervención en un nuevo imperialismo. Sin embargo, cabe aclarar que el Estado y el actor gubernamental es altamente complejo y heterogéneo, por lo que lo antes señalado puede adoptar múltiples expresiones, incluyendo también las formas instituyentes y de resistencia, siempre presentes en los escenarios de la intervención comunitaria.

4. Más allá de internas o externas: del dualismo al rizoma

De acuerdo a lo desarrollado hasta aquí, el desafío entonces es concebir una Psicología Comunitaria que no reproduzca la dicotomía agente interno-agente externo, ya que la misma corre el riesgo de reproducir relaciones jerárquicas y de exterioridad contrarias a sus principios y fundamentos. Ahora bien, ¿cómo lo hacemos? ¿Qué significa la no exterioridad?

Lo que proponemos es una difracción (Haraway, 1991) de esta metáfora. No se trata de eliminar las expresiones “agentes externos” o “agentes internos” sino de colocarlas entre paréntesis para pensar en sus implicaciones, pues revisten consecuencias tangibles en lo ético-político. Esto constituye, por lo tanto, un aspecto importante a ser revisado.

Cuando defendemos la imposibilidad de una exterioridad respecto de cualquier situación y definición de lo problemático, entendemos que las posiciones y conocimientos diversos que están presentes en un proceso comunitario se entrelazan parcialmente hacia un fin común. Cada situación se vive desde una posición singular (según género, etnia, clase social, lugar de origen, etc.) que se conectan parcialmente, no desde su identidad, pero tampoco desde una diferencia radical. A partir de esa posición, parcialmente conectada, hay aspectos que nos son más cercanos que otros, pero no nos son exteriores: no hay exterioridad posible, ya que estamos localizadas de manera diferencial como todas las posiciones involucradas en el campo de intervención y, además, conectadas de modos diversos con los procesos en los que nos involucramos.

Podemos pensar este aspecto desde la noción de conocimiento situado y las posiciones parciales de Haraway (1991), o también desde el conocido concepto de implicación acuñado por Lourau (1970) en la perspectiva del institucionalismo. No es posible no estar implicadas, ya que siempre se pondrán en juego relaciones afectivas con los problemas que abordamos, con las personas con las que trabajamos, con la organización de la que formamos parte, con el paradigma epistemológico desde el que operamos, con nuestra profesión, con la academia, etc., lo que supone reconocer una posición en el mundo. Puede decirse, pues, que la dicotomía agente internos - externos es un falso dilema epistemológico.

Por otro lado, en la dimensión ético política, particularmente en relación con la crítica que adoptamos respecto de la sociedad capitalista, colonial y patriarcal y con la búsqueda de transformaciones sociales en pos de construir un mundo más vivible, no somos externas. No obstante, sí estamos afectadas de manera diferencial por las formas de ordenamiento social, por género, etnia, clase social, etc., por la misma sociedad y por las relaciones de opresión que buscamos transformar, no solo por las otras, sino también por y para nosotras mismas. Eso significa hacer una recuperación crítica de la historia del área y reconocer que las grandes autoras y autores psicosociales latinoamericanas produjeron conocimiento en un tiempo en que quienes accedían a la universidad eran fundamentalmente las personas blancas con alto poder adquisitivo, lo cual, a pesar de diversas políticas de ampliación del acceso y permanencia universitaria, se ha transformado menos de lo que debería. De esta forma, resulta plausible pensar que los “agentes externos” a la comunidad fuesen mayoritariamente de tez blanca y de clase burguesa o media, mientras que los “agentes internos” que vivían en comunidades periféricas eran en su mayoría de rasgos negros o indígenas y de clase trabajadora. De este modo, a pesar de la diversidad de personas implicadas en un equipo psicosocial comunitario, el tema de clase y raza podría haber sido un aspecto que visiblemente diferenciaba a quienes participaban en él, pero que no fue nombrado o problematizado debido a las condiciones históricas de la época.

Actualmente, con cambios crecientes en el origen de clase y raza de estudiantes y profesionales universitarias, es más difuso que hace 50 o 60 años establecer fronteras rígidas entre un adentro y un afuera. En nuestra experiencia asistimos más a posiciones híbridas (Viñar, 2020): los colectivos con los que trabajamos en ocasiones están poblados de técnicas, profesionales y universitarias, y nuestras universidades, sobre todo en marcos de aumento de la accesibilidad a partir de políticas de cuota u otras, son más habitadas por sectores populares. A esto hay que agregar todo lo que tenemos en común con los colectivos con los que trabajamos.

Desde este lugar afirmamos, con Marisela Montenegro (2001), que la formulación de aquello digno de transformación (lo problemático) afecta a todas aquellas personas que formamos parte de la red que articula posiciones múltiples en los procesos comunitarios. Como bien lo ha señalado Maritza Montero (2006) la transformación no es de las otras, sino que es con las otras y es mutua. Ahora bien, como esta sigue ocurriendo de forma desigual, nos corresponde pensar cómo son esas afectaciones y lo que supone su gestión en cada situación, ya que ellas se dan en una red de significados, materialidades y relaciones de poder.

Como antes expresamos, no se trata de una igualdad ilusoria ni de una mimetización con la comunidad, ni de negar los privilegios producto de una sociedad profundamente desigual. Vivimos en una sociedad de dominación, con jerarquías que aún dictaminan que unas vidas son más vivibles que otras (Butler, 2006). Buscamos no reproducir esta situación, ni tampoco repetirla en clave de tolerancia o aceptación indiferente a las diferencias que nos desigualan y que duelen (Skliar, 2007). Pero, asumiendo que esta dimensión debe ser constantemente considerada, se trata de concebirla en forma de multiplicidad (Deleuze y Guattari, 2004), de procesos de singularización que suponen que estamos involucradas en distintos campos problemáticos desde distintas posiciones entre las cuales tratamos de construir articulaciones virtuosas, que serán de distinto tipo, contingentes y situacionales. Se trata de un hacer con y entre una pluralidad de actores.

Este giro epistemológico al rizoma invita a pensar en términos de multiplicidades diversas, en una imagen en forma de red creciente que no tiene centro ni periferia, ni adentro ni afuera, ni arriba ni abajo, y que llama constantemente al “y, y, y”, a la suma de nuevas alianzas y construcciones. Sandra Estrada-Maldonado, Malena Lenta y Jorgelina Di Lorio (2019) proponen que las multiplicidades diversas tienen capacidad de resistencia frente al intento de dominación de lo Uno. Proponen una epistemología de la multiplicidad que busca reconocer la diversidad de modos de ser y estar en el mundo, lo que se entiende como constituyente de la relación epistémica que tiene como objetivo desarmar la lógica normalizante. Las autoras apelan a la epistemología feminista para recuperar la dimensión de la interdependencia en el encuentro entre quienes participan de los procesos de investigación/intervención. El poder se constituye en potencia y en resistencia que opera “en contra de los instituidos de la hegemonía ampliando los márgenes para la creatividad, la autonomía y la libertad de quienes hacemos parte de estos nuevos dispositivos de encuentro” (Estrada-Maldonado, Lenta y Di Lorio, 2019, p. 11). Como una de nosotras ha expresado en otro trabajo, concebirnos como una actriz más, entre otras “supone reconocernos como parte de la multiplicidad, para disponernos a producir colectivamente en escenarios marcados por diversas desigualdades de las que no somos ajenos/as, y que es necesario seguir resistiendo” (Rodríguez, 2020, p. 216). El compromiso que se construye en este caso no es para la transformación del otro: es para la transformación de todas.

Adoptamos posiciones contingentes y múltiples (muchas veces provenientes de movimientos históricos alternativos a la cultura capitalista, patriarcal y colonial), en el marco de relaciones de poder entendidas como campos de fuerza dinámicos, que nos involucran y que instalan tensiones y contradicciones entre movimientos de reproducción y de resistencia. ¿Qué carácter tienen estas contradicciones hoy? ¿Cómo se expresan en las formas sociales de la actualidad? Asistimos en esta fase del capitalismo a una fuerte fragmentación social, violencia, movimientos reaccionarios, reducción de recursos públicos y precarización de la vida. Al mismo tiempo, cuando parece que todo se destruye, se generan procesos colectivos que construyen, que ocupan y conquistan espacios antes cooptados por el Estado o el capital, como por ejemplo el movimiento Ciranda en el que una de nosotras se involucra. Todo se destruye y los Cirandas construyen.

La exterioridad, entonces, se desdibuja si consideramos que el conocimiento sobre las problemáticas y las acciones para su transformación emergen de los procesos dialógicos en la praxis comunitaria. Si postulamos que es en la propia articulación del rizoma de multiplicidades donde surgen las propuestas teóricas y prácticas para la acción, no es posible pensar en una exterioridad en la producción de conocimiento, subvirtiendo la idea de una teoría que podría ser aplicable en un espacio de la práctica. Los procesos participativos nos involucran, podemos plantearnos como objetivo el potenciarlos o fortalecerlos, pero en realidad son efectos de las condiciones de posibilidad que la red de posiciones produce en cada situación. Decir que los potenciamos o los fortalecemos, nos ubica nuevamente por fuera, en una exterioridad, como si esos procesos fueran exclusivamente "de los otros". Los procesos existen más allá de nosotras, pero a los efectos de la intervención también los creamos y recreamos, son efecto de las articulaciones que establecemos. De esta forma criticamos la exterioridad, en tanto jerarquía y no afectación, y la noción de intervención, lo que nos conduce a aperturas prometedoras que expresaremos en forma de metáforas de acción colectiva, con la diversidad como principio.

5. De la intervención sobre otros a procesos colectivos con otros: metáforas de acción transformadora

En los apartados anteriores argumentamos que hacemos teoría encarnada y acción teorizada siguiendo un camino diferente al de la intervención, ya que la misma implica exterioridad para realizar operaciones eficaces, sean estas quirúrgicas, de guerra o comunitarias (Martínez, 2014). Es útil rescatar la etimología del término intervención siguiendo a Alejandro Moreno Olmedo (2008) cuando dice que el concepto proviene del latín y tiene dos significados relacionados entre sí: a) irrumpir en algo que se está dando o que está en proceso y, por ende, interrumpir; b) estar presente o sobrevenir. En ambos casos, intervenir implica entrar en algo (campo social, acontecimiento, proceso) desde un supuesto afuera.

Subsiste la pregunta acerca de cómo será posible cuestionar estas lógicas y hacer algo distinto desde la práctica misma, sin perder la esperanza de trabajar con otras, es decir, sin dejar de habitar -como dice Spivak (2003)- “ese mismo lugar que no podemos no querer habitar y debemos también criticar”. ¿Cómo no reproducir modos especulares de la “otra” que son performativos (Butler, 1993) de la alteridad sin abandonar el amor por los procesos de transformación social?

Proponemos, con Antar Martínez (2014), desplazar la metáfora de intervenir a involucrarse o, como dice Moreno Olmedo (2008) a implicarse. Para Martínez, involucramiento es reciprocidad y entrelazamiento entendidos en tres ámbitos: 1) nuestra posición profesional como psicólogas comunitarias en el escenario social equivale a formar parte de un entramado; 2) la relación entre los actores sociales es de articulación y 3) en la concepción de conocimiento y acción se parte del conocimiento situado y la acción inmanente, sin buscar principios trascendentales o “universalizables” ni fundamentos últimos exteriores a la acción y no transformables por ella.

Involucrarnos parte de la idea de red heterogénea de actores de modo procesual, en una apertura prometedora que se desplaza de la participación de la “otra” a la acción colectiva, a la acción con otras. Acción que construimos no solo desde las necesidades -propuesto en la Psicología Comunitaria tradicional a partir de su detección- sino también desde los deseos de crear, convivir y transformar(se). Significa accionar en vez de limitarse a la crítica. Asumir las frustraciones, tensiones, contradicciones, fracasos. Rehacerse y continuar. Defender la alegría y organizar la rabia, como decía el intelectual quilombola brasileño Nêgo Bispo (2023), recientemente fallecido. Involucrarse no responde a una lógica unívoca, sino a distintas formas posibles de conexión con lo colectivo que suponen una relacionalidad que no concibe la exterioridad como posibilidad. Entendemos esta diversidad como un rizoma en el que se dan desplazamientos a espacios habitables y por habitar, pasando, de las marcas coloniales y patriarcales de la intervención a guiarnos por otras metáforas que trabajen la centralidad de las relaciones (Spink, 2003; León Cedeño, 2012), conectando -muchas veces sin éxito- diversos puntos de la red heterogénea de actores - proceso y mostrando la importancia de la persistencia.

Para involucrarse es necesario estar presente (Lima, 2023; Rodríguez, 2023), condición básica para el encuentro con colectividades en acciones potentes. Implica un estado de presencia en que colocamos nuestra atención en el aquí y ahora, abiertas a lo inesperado y no solo a lo planeado, de cuerpo entero, con visión disponible, escucha sensible, tacto consciente; olfato, paladar y cinestésico (Lima, 2023). Estar allí mientras los procesos acontecen, respetando los diferentes ritmos, formas de hacer y de ser. Es pertinente ayudar sin estorbar (León Cedeño, 2012), colaborando con aquello que se pueda necesitar o que genere alegría, vínculo o elaboración del dolor, promoviendo autonomía y trabajando para hacernos innecesarias pero bienvenidas. Es producir cuidado en la cotidianidad, generando colectivamente una Psicología Comunitaria de lo Cotidiano (León Cedeño, 2012), del cuidado mutuo, de la potencia compartida, sin idealizaciones, atravesando conflictos e impotencias. Es hacer con, no para ni por, sino conjuntamente, encontrando un ritmo común. Pero no es hacer con cualquiera, aunque corresponda hacer alianzas por temas específicos que atraviesan lo común; cuidamos las actividades con infantes, las acciones culturales, el suministro de agua, electricidad o internet más allá de si las personas de la colectividad tienen diferentes posiciones políticas, religiones, nacionalidades, razas, etc., sabiendo que es necesario lidiar con los conflictos políticos en lo cotidiano, construyendo alianzas y puntos de encuentro con quienes suman y se involucran.

A partir de esta mirada proponemos algunas metáforas sobre diferentes formas de articulación posibles. Estas formas de conexión con lo colectivo significan apertura a un abanico de posibilidades de hacer, a través de cuatro figuras: 1. Acompañar o acoplarse a procesos colectivos para conocer, construir sentidos, experimentar y dejarse afectar por lo que acontece; 2. Intervención oportuna, en el marco de vínculos previamente construidos; 3. Okupar para habitar los espacios de formas diferentes a las que existen y 4. Multiplicar lógicas afines en diferentes lugares, colectividades, instituciones y personas, acercando iniciativas de necesaria unión de luchas por la preservación de la vida en el planeta y de vidas humanas dignas. Estas metáforas suponen resignificar el inter de la intervención para pensar en clave de articulación para potenciar procesos de cambio y acción colectiva y para trabajar tensiones / contradicciones, angustias y derrotas.

Acompañar o acoplarse a procesos colectivos existentes puede pensarse en términos de implicación (Martìnez, 2014; Moreno Olmedo, 2008) y articulación (Haraway, 1991) con experiencias autónomas, públicas, del tercer sector e incluso privadas que muestren potencia de transformación y lucha. En las acciones colectivas que acompañamos o a las que nos acoplamos puede haber jerarquía, pero no exterioridad: quienes participan están dentro de ella, de formas diferentes o incluso desiguales, pero no exteriores. Es importante considerar los tiempos y racionalidades diferentes entre lo requerido en los procesos comunitarios y la velocidad creciente exigida por el capitalismo académico que dificulta estar presente (Rodriguez, 2023).

En la experiencia de Uruguay, cuando en 2017 se anuncia la realización de una intervención urbana en la plaza por parte del gobierno departamental en acuerdo con organizaciones vecinales, el equipo universitario con permanencia en el barrio desde 2010, se dispone a acompañar el proceso de transformación territorial. Se pretendía producir conocimientos desde la acción y desde el trabajo con la diversidad de actores involucrados. Se incorporan a los espacios conformados entre actores gubernamentales y barriales, reflexionando sobre lo que iba aconteciendo y experimentando las afectaciones producidas por los cambios. Se interrogan y problematizan posiciones cristalizadas, supuestos y creencias que obturan la incidencia de vecinas y vecinos en las decisiones. Se escucha la polifonía de voces desplegada a cada momento y en distintas circunstancias y también los silencios de las voces bajas (Guha, 2002). El equipo experimenta, siendo parte, las múltiples conexiones entre las diversas posiciones que se fueron configurando en torno a la intervención en la plaza, conexiones que se intensifican por momentos, “se mueven, circulan, se tensan, se desconectan y vuelven a conectarse” (Rodríguez, 2023, p.144). Se vivencia, junto con vecinas y vecinos, la potencia de los espacios, los que no podían quedar por fuera de aquellas conexiones, conexiones entre lo humano y lo no humano. Acompañar es estar, ser parte, compartir hitos, acontecimientos barriales, emocionarse, hacer vínculos, sin propósitos construidos a priori. Por eso decimos que la participación es la resultante de las particulares condiciones de posibilidad que se configuran en la articulación entre una diversidad de dimensiones y posiciones, y no de lo que, desde un lugar de exterioridad, podamos promover o fortalecer, y menos aún, crear.

En las experiencias de Argentina, los vínculos establecidos generan una radicalización de la relación entre el saber académico y el saber popular propuesta por la IAP. Como dice uno de los profesionales que participa en la experiencia de la Asociación Lazos Azules: “porque vos decís que se supone que los profesionales sabemos [pero] no, acá son las familias las que saben; yo ahora les consulto porque realmente saben”. Se encarna el modelo participativo propuesto por la Psicología Comunitaria y se profundiza, al invertir de alguna manera, la jerarquía agente interno-agente externo. Se incorpora la idea propuesta desde las Epistemologías del Sur (Meneses y Bidaseca, 2018) de que, para transformar el mundo, no solo hace falta el conocimiento académico sino el conocimiento surgido desde las distintas luchas sociales, una valorización del conocer y saber hacer que también se propone desde distintos movimientos sociales como la de los Zapatistas en México o los Sin Tierra en Brasil.

Quienes protagonizan la experiencia de la Asociación Lazos Azules como las integrantes de Nueva Crianza y de Papás Autoconvocados JIN N° 12 (Parra, 2023) poseen saberes muy específicos que las adultas crean colectivamente a partir de escuchar y prestar atención a sus hijos, hijas e hijes, constituyéndose en actrices fundamentales en asuntos de interés público al incidir en el contenido o alterar el curso de las políticas públicas (Leiras, 2007) generándolas desde el territorio. Las experiencias analizadas pueden ser pensadas como potentes iniciativas comunitarias que nos muestran la fuerza de estos procesos organizativos y la necesidad de desarmar, en relación con ellos, cualquier postura colonialista.

En estas situaciones, más que proponer intervenciones inspiradas en la lógica de la IAP, como planteó la Psicología Comunitaria en sus comienzos, necesitamos generar articulaciones (Haraway, 1991) para acompañar estos procesos desde una posición inspirada en una Investigación Militante (Colectivo Situaciones, 2004) que se oriente al establecimiento de Trueques Constructivos (León Cedeño, 2007). Un acompañamiento que no se ciña a la dimensión racional y consciente de los procesos, sino que considere también la dimensión afectiva, emocional y deseante. Un acompañamiento que haga hincapié en que las transformaciones no solo generan cambios en las comunidades, sino también en quienes, desde una posición de profesionales-investigadoras, trabajamos con ellas.

La Intervención oportuna va de acuerdo al planteamiento de Martínez (2014) de que, por un lado, no todas las experiencias que se autodenominan de intervención trabajan con el control unidireccional o la agencia y conocimiento concentrados exclusivamente en quien interviene. Por otro lado, diversas prácticas concretas de intervención grupal o terapéutica se muestran eficaces y pertinentes en su contexto específico. Por tanto, esta metáfora se refiere a que una técnica de intervención más clásica, leída en clave horizontal, puede ser utilizada en determinadas ocasiones a petición de colectivos o personas con quienes trabajamos. Ello puede significar el manejo de un conflicto grupal, el apoyo inmediato a una situación de crisis, o un aporte específico en un proceso de transformación territorial, como cuando el equipo universitario en la experiencia de Uruguay implementó un taller para la elección del nombre del nuevo complejo cultural o propuso una forma de intercambiar y tomar decisiones sobre el modelo de co-gestión a desarrollar entre actores gubernamentales y barriales. Una intervención oportuna puede ser una clase explicativa o un taller en medio de un contexto colectivo o en la misma universidad. Involucrarnos también significa que nos importan las vidas de nuestras estudiantes y que allí también acompañamos, okupamos, multiplicamos e intervenimos cuando es oportuno.

Okupar (con k) es una expresión que proviene del movimiento Okupa en el Estado español y que se refiere originalmente a habitar un lugar para vivienda o proyecto social, sin pedir autorización y sin pagar alquiler, pero que, lejos de ser una invasión, busca recuperar lo que era nuestro y nos fue tomado en procesos políticos dictatoriales o de especulación inmobiliaria/dictadura del capital (León Cedeño, 2006). Hace alusión a la posición política que busca habitar la vida y sus espacios desde una lógica contrahegemónica. Okupar con k es un verbo que trae consigo una radicalización en el desplazamiento de los lugares o posiciones: los colectivos okupando la universidad, los colectivos conceptualizando sus prácticas, los colectivos okupando espacios habitualmente negados a determinados cuerpos, para alojar la diferencia en espacios no concebidos para ella. Implica crear oídos a los que no escuchan más que voz a los que no la tendrían (Spink, 2008), lo múltiple y lo rizomático haciendo lugar a la heterogeneidad y a su potencia creativa, interpelando las centralidades. Un ejemplo de esta práctica sería la que se experimentó en el proyecto Bridges en diferentes universidades europeas, donde en lugar de crear conocimiento académico para intervenir en las organizaciones sociales (como el Sindicato de trabajadoras del hogar y de cuidado de Barcelona), se generaron grupos de trabajo para informar a las Instituciones de Educación Superior sobre las dinámicas de racismo que allí se perpetúan. A través del conocimiento generado en la articulación entre colectivos sociales y universitarias, se crearon herramientas teóricas y pedagógicas para contribuir a luchar contra el racismo presente en las aulas, los materiales didácticos y las relaciones sociales en las universidades. Desde el Estado, la academia y los colectivos se pueden okupar las tecnologías y los territorios físicos y virtuales para crear lo común. En Brasil, los podcasts de Ciranda da Paz “Vozes da Comunidade I, II e III” recuperan críticamente la historia comunitaria periférica y cultural de forma contemporánea. Se pueden okupar las vías de financiamiento para proyectos culturales comunitarios periféricos. Se trata de okupar espacios universitarios y culturales con personas o colectivos que no suelen habitarlos, como por ejemplo población en situación de calle, de okupar prácticas que subvierten los usos habituales, hegemónicos de estos espacios (Hip Hop en la universidad, por ejemplo), a partir de estrategias creativas, sorpresivas y no esperadas.

En los conversatorios organizados desde un Proyecto de Extensión Universitaria en Argentina denominados “Invisibilidades que crean Desigualdades: existencias diversas y realidades silenciadas en infancias y adolescencias”, las integrantes de las experiencias comunitarias relatan, en el ámbito universitario y dirigiéndose a estudiantes en formación, su experiencia y su saber sobre ciertas temáticas acerca de la diversidad de infancias y adolescencias (infancias trans, con autismo, habiendo atravesado situaciones de violencia, etc.). Son esas sujetas “otras” quienes ingresan a la universidad, la okupan e imparten un saber “otro” (no académico) a estudiantes en formación desde una teoría surgida en el seno de las luchas sociales (Meneses y Bidaseca, 2018).

Multiplicar: una iniciativa de resistencia y creación puede ser practicada en otros contextos, siguiendo sus principios básicos y dando espacio para que el contenido varíe según cada lugar y colectivo que la desarrolla. Ello se demostró en Londrina (Brasil) cuando nació el curso propedéutico comunitario Ubuntu, en 2016, llevado a cabo por estudiantes universitarias del barrio según los moldes de Ciranda da Cultura; o al multiplicar pasantías de estudiantes de Psicología no solo en Ciranda, sino en el barrio donde este proyecto se ubica: en sus instituciones de salud, asistencia social, escuela, convivencia y fortalecimiento de vínculos, economía solidaria; o al realizar actividades culturales formativas semejantes a las de la asociación Ciranda da Cultura en otros barrios históricamente violentados y concretar la existencia del colectivo Ciranda da Paz desde 2018. De forma análoga, Ciranda inspiró el nacimiento de otros colectivos en Boa Vista (ciudad al norte en Brasil, mientras Londrina queda al sur). Y tras entrar en contacto con experiencias académico - comunitarias en Arte y Salud en Venezuela nació Cirandas del Sur, que articula experiencias de personas en 14 países con encuentros y actividades virtuales, rumbo al postdoctorado colectivo internacional en Educación, Arte y Salud. Se da apertura a otras formas de entender la diversidad de la participación si se difracta la mirada a la acción colectiva, que se puede multiplicar en diferentes lugares, de formas particulares, pero con líneas comunes. Esto es particularmente relevante ante la actual necesidad de articulación de las luchas para crear alternativas a la difícil coyuntura planetaria en la que nos encontramos, trabajando en la cooperación de singularidades que Hardt y Negri (2000) denominaron Multitud.

Conclusiones

En medio del actual escenario de desigualdad abismal, dispositivos de control cada vez más sofisticados y crecimiento de la ultraderecha, la Psicología Social Comunitaria Latinoamericana muestra caminos que no solo son éticamente correctos sino políticamente necesarios y realizables en la práctica. Ello implica atravesar contradicciones y escollos en el día a día de movimientos comunitarios, políticas públicas, acciones profesionales y lógicas academicistas. Llamamos a fortalecer una relectura de esta rama de la Psicología, afinándola al escuchar las voces de movimientos sociales, experiencias locales, feministas, poscoloniales y decoloniales, pueblos originarios, formas de ciencia provenientes del llamado Sur Global. Al caminar en esta perspectiva nos encontramos con una miríada de formas de acción, multiplicando iniciativas que, como bien dijeron Hardt y Negri (2000), apuntan directamente al corazón del Imperio. También son pasibles de captura y requieren autocrítica para salir de trampas sutiles y brutales, asumiendo lo contradictorio e incierto de la propia acción, así como el carácter radicalmente condicionado de toda potencia (Butler, 1997). Ese es el camino al que apostamos: una multiplicidad de caminos que se hacen al andar con la diversidad como principio, articulándose por un mundo en que quepan muchos mundos, tal como expresó el movimiento zapatista. Estos mundos se conectan, avanzan y retroceden. Okupan, resisten y se multiplican. También cooptan y son cooptados, construyen y se destruyen, mueren y se reinventan. Necesitan articularse con otros mundos, inclusive a escala planetaria.

¿Qué Psicología Comunitaria proponemos en medio de este aparente caos? Una cooperación de singularidades que produce acción colectiva; que se reinventa constantemente para renacer de la destrucción y reconstruir responsablemente el mundo, empezando por nosotras mismas y nuestras relaciones. Esta Psicología Comunitaria renovada asume la pregunta retórica planteada por Gayatri Spivak (2003) acerca de si puede hablar el subalterno para advertirnos que, en los procesos de intervención, lo que muchas veces ejercemos es una violencia epistémica y una invención de los otros (Castro-Gómez, 2000) definiéndolos como margen y desconociendo que estar al margen es, en realidad, ser parte del todo, pero fuera del cuerpo principal (bell hooks, 2020). Una violencia epistémica que crea formas de negación radical de ciertas existencias consideradas como “vidas invivibles” (Butler, 2006).

Proponemos un rizoma que incluye a la Psicología Comunitaria decolonial y feminista y que implica una crítica al etnocentrismo presente en el concepto de intervención (Bertucelli, 1992; Moreno Olmedo, 2008) y una apuesta por las articulaciones (Montenegro Martinez, 2001) y encuentros con otras. Que espere escuchar de ellas la voz del subalterno, la voz del margen (Spivak, 2003). Más que escuchar a otras o hablar por otras, estamos aprendiendo a “hablar a y con otras” cuestionando una concepción homogeneizadora de ellas. Cuando nos involucramos, acompañamos o acoplamos, okupamos, multiplicamos e incluso intervenimos oportunamente, buscamos crear alternativas a esa retórica salvacionista (Bidaseca, 2010) propia de una ciencia etnocéntrica que transforma nuestras estrategias de intervención en nuevos imperialismos.

La propuesta entonces es la de continuar estableciendo articulaciones que nos permitan aprender lo que iniciativas potentes tienen para enseñarnos en todo sentido. Articulaciones que nos posibiliten fortalecer estos procesos organizativos desde la apuesta por un proyecto histórico de los vínculos (Segato, 2018) necesario, beneficioso y prometedor no solo “para ellas” sino “para nosotras”. Un proyecto anticapitalista, antipatriarcal y anticolonial construido desde una ecología de saberes y desde una justicia cognitiva (Meneses y Bidaseca, 2018), que reconozca el carácter epistémico y la potencia de estos espacios colectivos y se mueva entre la acción comunitaria y las políticas públicas. Con base en la Psicología Comunitaria Latinoamericana, a la luz de partituras decoloniales, feministas y ecológicas, hacemos ciencia propia al cirandear o resignificar el dolor, aumentando colectivamente la potencia de la alegría, germinando afectos alegres y compostando afectos tristes.

 

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[1] Optamos por colocar el nombre completo de lxs autorxs citadxs con el objetivo de aportar a la visibilización de diferentes identidades de género en la producción teórica y académica. De esta manera, se pretende dar nombre a quienes producen teoría, problematizando el habitual sentido común de cis-masculinizar la lectura de los apellidos en la nomenclatura académica. Asimismo, para no complicar la lectura con el uso de os/as, y para evitar la discriminación por razones de género, optaremos por utilizar siempre el femenino. Se podrá considerar que siempre nos referimos al nombre omitido «persona».